sábado, 20 de mayo de 2017

Instrucciones para la ingesta de un langostino:

Es posible que usted haya experimentado la ardua tarea que supone ingerir un Dendrobranchiata o también conocido como “langostino”. Como habrá podido comprobar se distinguen dos maneras diferentes de ingesta:

   1. Con la ayuda de un cuchillo y un tenedor: si usted elige esta opción, una vez colocado el susodicho sobre una plataforma ovalada[1], deberá proceder a clavar el tenedor[2] sobre el armazón del crustáceo con la misma mano con la que escribe su apellido. A continuación, con la mano restante se ayudará del cuchillo para desmembrar la cabeza del cuerpo, y consiguientemente, recortará las patas hasta finalizar con el desprendimiento de la cola, de forma que usted tan solo visualice el cuerpo del langostino con forma arqueada. Acto seguido, deberá introducir la punta del cuchillo entre la fina coraza que envuelve al langostino mutilado y la parte carnosa del cuerpo, con el objetivo de desprenderla por completo. Al quedar éste desprotegido, el siguiente paso consistirá en dividirlo con ayuda del cuchillo en dos o tres secciones, dependiendo del tamaño del ejemplar. Por último, debe proceder a clavar el tenedor sobre cada uno de los segmentos e introducirlos en su cavidad bucal[3].

  2. Con la ayuda de ciertos dedos de las manos: si usted elige esta opción, una vez colocado el susodicho sobre una plataforma ovalada, deberá proceder a arremangar las mangas de la prenda textil que envuelve sus extremidades superiores[4]. A continuación, proceda al alzamiento del langostino con los dedos pulgar y corazón[5] de ambas manos, de manera que quede suspendido a una distancia media entre la superficie ovalada y su cavidad bucal. Ahora, deberá desprender la cabeza del cuerpo con ayuda de la mano con la que usted escribe su apellido, para acto seguido, desprender la cola del susodicho y el conjunto de patas que rodean la envergadura principal. Acto seguido, deberá introducir la uña o yema de su dedo corazón preferente entre la fina coraza que envuelve el langostino mutilado y la parte carnosa, con el objetivo de desprenderla por completo. Por último, dirija el langostino hacia su cavidad bucal, de forma que los dientes cercenen el cuerpo del susodicho hasta partirlo en dos. Una parte será ingerida gracias a la acción de sus mandíbulas y jugos salivales, mientras que la otra mitad esperará suspendida por su mano preferente a que la cavidad quede vacía de nuevo.
Llama la atención el hecho de que en ambas posibilidades se requiera la participación de las manos, puesto que la fase culminante del proceso tiene lugar con la absorción del líquido contenido en la cabeza del langostino, acción para la cual, deberá inspirar hacía sí con precisión y ayudarse de la lengua para recibir de manera satisfactoria la sustancia.



[1] Del lat. vulg. *plattus 'plano', 'aplastado', y este del gr. πλατύς platýs 'ancho', 'plano'.
1. m. Recipiente bajo y redondo, con una concavidad en medio y borde comúnmente plano alrededor, empleado en las mesas para servir los alimentos y comer en él y para otros usos. (Véase http://dle.rae.es/?id=TNHN14S)
[2] Para distinguir las características de los cubiertos y su modo de empleo consúltese la página 32 de este mismo manual.
[3] Para consultar el funcionamiento de las mandíbulas y la cavidad bucal véase el apartado anterior.
[4] Se recomienda despojarse previamente de bisutería variada.
[5] Véase el esquema anexo final.


martes, 22 de noviembre de 2016

Por eso me considero amante de la fotografía

La fotografía es atemporal, casi fantasmagórica. Nadie es quien cree ser en una fotografía. En el momento en que inmortalizamos nuestra persona, falseamos la identidad. La metáfora de lo siniestro permanece recogida en álbumes familiares repletos de fingidas identidades. Nos aferramos a que así fuimos una vez, sin embargo, obviamos que dos segundos después de la toma de esa o aquella fotografía, ya no éramos los mismos.

Nunca somos los mismos y esto es lo más frustrante de la condición humana. Estamos sometidos por naturaleza al cambio, sometidos al movimiento constante desde que comenzamos a ser engendrados hasta el último suspiro; y ni siquiera entonces sabemos si dejamos de perpetuar.
Si todo es cambio, por qué esforzarnos en el sedentarismo, la precisión, el orden. Los impulsos por racionalizar no hacen más que engendrar una subcapa epidérmica de malestar. De vez en cuando, soy víctima de una fisura. Mi organismo, incapaz de albergar tanta incomprensión, se manifiesta sobre un nervio aleatorio a modo de diminutos eccemas rojos, generados por una erupción interna que estrangula la articulación.

Entonces, se suceden unos días de purga en los que, mi cuerpo convaleciente, me recuerda que lo etéreo es ajeno y la fragilidad inminente.


Por eso me considero amante de la fotografía. Necesito dar cuenta de cada etapa de mi existencia para no sucumbir en la infinitud del movimiento. Engañarme en aquel instante de felicidad, descartar los sucesos traumáticos, suprimir el inmenso grosso de banalidades rutinarias para seleccionar recuerdos y, solo así, continuar avanzando en círculos concéntricos hacia un no-fin, incapaz de ser fotografiado.


viernes, 10 de junio de 2016

Los mandamientos con los  que todo estudiante de Filología se identificará:

    A los Estudiantes UCM


¿Quién ha dicho que las humanidades enriquecen cuerpo y alma? En un alto porcentaje así es, pero existe el lado oscuro de la filología, el camino iniciático por el que todo estudiante letroso ha de pasar hasta llegar a la cima de sus estudios. He oído hablar de aquellos valientes que conviven con esta pugna de por vida, reciben el nombre de Doctores. Quizá la eterna pugna que nos incumbe a todos es el vicio insaciable que supone la lectura. Tocas un hilo y descubres una madeja. Recompones la madeja y aparece un telar; y así “del mucho leer y del poco dormir se nos acaba secando el cerebro”. No obstante, dejo como testimonio los pasos por lo que todo buenaventurado mancebo, ávido de estudiar Lengua y Literatura habrá de padecer, estará padeciendo, o no dejará de padecer jamás.


1. Buscarás como un roedor insaciable la reprografía más económica de Madrid. 

2. Huirás de la Zambrano en periodo de exámenes.

3. Recolectarás carnés de toda biblioteca existente de la que tengas conocimiento.

4. Llegarás a suplicar el carné de estudiante a tus amigos de otras carreras solo para acaparar libros.

5. Vivirás ansioso e intranquilo sobre la fina cornisa del cierre de préstamos y penalizaciones.

6. Ninguna lectura será en vano. Pero cuando recibas la bibliografía de tus asignaturas sentirás que se te diluye el alma.

7. Las dioptrías incrementarán año tras años. Y las ópticas te harán más difícil la elección de las monturas.

8. Te sentirás angustiado cada vez que visites una librería. Querrás no haber entrado y te conformarás con leer en un rincón provisto para el pobre o el estudiante, “lejos del mundanal ruido”.

9. La Biblioteca AECID será el paraíso terrenal. La satisfacción que provocará encontrar el más recóndito volumen, superará sacrificar tu dignidad por un escáner, derrochar tinta y sudor rellenando papeletas y desesperar en la espera de que aparezca el tan deseado ejemplar.

10. Maldecirás a todo aquel que confunda tus estudios con filosofía o con el no saber a lo que dedicas tanto tiempo encerrado. 


Cuando me preguntan, ¿y tú por qué estudias literatura?, yo les respondo ¿y tú por qué vives?


domingo, 28 de febrero de 2016

Ensoñación azul

Un balonazo de plástico sobre la mejilla izquierda provoca el fin de la ensoñación. Escucho la risa sibilante de mi hermana mientras comienzo a enfocar formas. Siento como el calor de agosto impregna cada aliento del coche. Sudor inundando carne, hueso y textil. Me había quedado dormida durante todo el viaje. No acostumbro a hacerlo, y menos a recordar lo soñado. El murmullo de fondo hace que escuche a mis padres como si estuvieran en otra dimensión.  Hace apenas unos instantes caminaba sobre una plataforma glacial en la que una docena de halcones sobrevolaban mis huellas. Pese a la gelidez de la nieve rasgándome el rostro, sentía gotas de sudor bajo la piel de oso que me resguardaba. De vez en cuando los grañidos de las rapaces provocaban la aceleración de mis movimientos, incitando al sudor a descender en canal por el torso húmedo.

Llegamos al parking del puerto. La costa se abre de forma imperiosa ante nosotros. Se divisan gaviotas revoloteando nuestras coronillas desde el picado de su hábitat natural.

El azul reclama la atención de los ojos en ese punto en el que cielo y agua pierden el hilo de la cordura. Mientras mi hermana corre de aquí para allá, sacamos toda la indumentaria del maletero. Soy la encargada de clavar la sombrilla enorme en un punto estratégico, su color naranja butano provoca cierta repulsión.

El gorro marinero de mi hermana hace juego con su equipo de construcción donde la pala cumple el doble uso de mazo, con el que me golpea de forma reiterada en el momento más inesperado. El mar enmarca un bullicio agazapado de bañistas, la insistencia del sol por dejar marca en la piel y el yodo incrustado hasta en las uñas, provocan que las palabras de mi lectura comiencen a bailar. Vuelvo a quedarme dormida. Me despierta el picor insoportable del sol sobre la espalda que se resiente.

La pala ha quedado desterrada como arma de guerra, pero en contraste con el barullo que dominaba la zona, impera ahora el silencio.

Me incorporo. Nadie por ningún lado. Distingo a lo lejos el bañador granate de mi hermana. Mi familia camina hacia el horizonte adentrándose en el mar, quizá demasiado. A medida que avanzo hacía ellos, las aguas van abriéndose a mi alrededor- soy un nexo entre dos mundos- sobre los arrecifes de agua se levantan bancas de peces rojos. La dificultad de no tropezar se acrecienta con las conchas castañeando bajo mis pies. Me estremezco con el contacto helado de las aguas, espasmo del que me cuesta desprenderme.

Llego al remanso donde mi familia se encuentra pasándose la pelota de plástico. El sol resulta abrasador. Parecen advertir mi presencia y me animan a incorporarme al juego. Me uno a ellos. Al intercambiar un par de pases mi hermana tropieza con una maraña de algas cayendo al suelo. Se golpea la cabeza, una brecha aparece dibujada en la parte frontal de su cráneo. Derrama un hilo fino de sangre que poco a poco va incrementando su caudal.

Mamá entra en cólera y la coge en brazos aullando como un animal herido. Mi hermana permanece inerte. Ni una lágrima. Mira al fondo con los ojos redondos y perdidos dentro del azul. Echa a correr hacia la orilla con ella en brazos, los sollozos se intensifican con el dolor que le provoca pisar las piedras del fondo. Acto seguido, trago saliva y siento la boca más seca que nunca, como si tuviera una anguila presa en la tráquea que solo permitiera pasar por el conducto un afluente ridículo de saliva. Me giro para decirle algo a mi padre cuando lo encuentro apocado en una silla de ruedas. Antes de poder articular palabra me vocea -que corra, que corra-. El remanso sobre el que jugábamos se torna ciclón. Hay que salir o seremos engullidos por un desagüe turquesa. Empujo su silla. El azul se enfurece en tonos verdosos cargados de cólera similares a los ojos de mi padre. Corremos dejando atrás la pelota, todavía con restos de sangre incrustados en el plástico. Son demasiados obstáculos y mi padre pesa mucho. La boca escuece, toso arena sobre su cabeza. Intento despojar los granos terrosos de su pelo, pero el agua me salpica con demasiado ímpetu. Solo escucho la voz que me dice -que corra, que corra- entre el concierto in crescendo del oleaje. El camino que vamos dejando atrás se lo traga en pocos segundos el azul.

Parecía imposible, pero conseguimos alcanzar la orilla. El contraste entre estados resulta fatal. Experimento pisar planchas eléctricas. A cada paso que doy, la arena me salpica como ascuas. Temo que la goma de las ruedas comience a arder. Cada vez es más costoso empujar la silla. Sopla un vendaval apabullante que corta mechones de mi melena. El montículo se torna cuesta arriba y la sintonía que entonaba mi padre cambia de forma radical gritando -que me salve, que me salve-; y los mechones que me cortan las ráfagas de viento caen sobre sus ojos y sus palabras se quedan entrecortadas entre sus dientes. Llega un punto en el que la silla se estanca de forma definitiva. Solo articula -que me salve, que me salve-. No puedo hacer otra cosa. Me estira de la mano y me empuja hacia el terruño -que me salve, que me salve- y al ver la inmensidad de la ola que comienza a ensombrecernos, salto como el atún cuando se ve atrapado por la red, impulsada por sus robustos brazos pretendiendo -que me salve, que me salve-.


Y caigo. Pero me incorporo con rapidez para intentar salvarme. Miro al frente, la inclinación del terruño cada vez es más pronunciada y mis extremidades más endebles. La arena humeante ahoga los pasos. Retuerzo la cabeza sobre la espalda y me reflejo por última vez en los ojos turquesa de mi padre todavía gritándome -que me salve, que me salve-.






domingo, 14 de febrero de 2016

...a

Temor
 a reencontrarse con el vacío. La nada de un eco que, a pesar de todo, retumba. Y provoca pesadez en la garganta. Ese temor a no pertenecer o ser perteneciendo a nada, porque lo mismo da ser nadie, porque nada es lo mismo.

Cada vez más puertas sellan vacíos, pero aparecen otros huecos que completar. El tiempo que dura el eco es nada, porque la mitad del todo permanece, siempre.

Un goteo interminable colma el mismo espacio. La humedad amenaza rezagada, sobre la gota que resquebraja una grieta en la pared. 
Una gota de nadie no es nada.

Temor
 a reencontrarse con la sal derramada por manos temblorosas. La calumnia sobre mampostería degradada.

No dice nada.
Apenas hace otra cosa que contemplar en la absoluta indiferencia como pasa el tiempo.



lunes, 16 de noviembre de 2015

La calidez me recuerda a mi casa.

La presión del agua disminuye más cada día que pasa. No acabo de acostumbrarme a vivir en las alturas. Con el cambio de horario mis compañeros de piso se duchan temprano y apenas queda agua caliente para mí. Cuento hasta diez y cierro el grifo. Enjabono sucesivamente el cuero cabelludo con la rapidez de quien despoja a un perro de parásitos. Cae de nuevo el agua. Veinte segundos más y habré acabado.

Vuelvo a pasar por la puerta del nuevo establecimiento. Todavía no he logrado averiguar el tipo de servicios que ofrece.

Últimamente me duelen los ojos de forma particular. No se trata de un picor molesto; tampoco están irritados, simplemente duelen. Tengo la sensación de que se me están achicando las cuencas. Mientras tanto, me fijo en los ojos de los que me rodean. Sus diversos matices despiertan en mí una curiosidad inmensa.

Cuando salgo del trabajo vuelvo a pasar por la puerta del nuevo establecimiento. No comprendo el motivo de la atracción que los cristales tintados provocan en mis pupilas. En el cartel aparece un logotipo circular con tres circunferencias superpuestas en su interior.

Al llegar a casa busco información sobre el logotipo en la red. Tengo que robarle la señal a la vecina porque todavía no hemos dado de alta la nuestra. Simple falta de organización; en realidad,  podemos permitirnos tener wifi.

No encuentro nada. Diversas asociaciones dentro de un amplio abanico de posibilidades lúdico-culturales, ONGs, congregaciones religiosas, en fin, búsqueda fallida.

La sensación es similar a la que experimentaba cuando de forma inesperada, unos ojos sobrenaturales se erigían ante los míos.

Crecí al lado de un centro óptico. Desde la infancia he sentido fascinación por las dioptrías. Los ojos miopes tienen el brillo especial del desvalido. A veces me imagino a la gente del vagón con gafas ópticas: el lado izquierdo oculto; el derecho con dos, incluso tres aumentos. Recuerdo como disfrutaba despojándome momentáneamente de las gafas tratando de enfocar los números de la pizarra. En ocasiones, mi compañera de pupitre se mostraba participativa dándome las indicaciones de los objetos sobre los que tenía que posar los ojos.

Por extraño que resulte, los cristales del nuevo establecimiento emanaban hoy una luz violácea. El logotipo, también incrustado en las cristaleras, se transparenta de forma casi  fantasmagórica a causa de la filtración de los rayos solares. Tres círculos superpuestos, parecen proyectar tres cilindros estrechamente alargados sobre mi pecho. Hipnotizada, decido adentrarme en el local. Cruzo cautelosamente hacia la pupila cristalina de la mirilla, violeta,  que intensifica cada vez más la sensación de abducción. Como una polilla que ama hasta la extenuación la vida pero se encuentra atraída por la luz abrasadora, quiere retroceder, incapaz; es tal el fervor que la inunda que prefiere la calcinación.

Abro la puerta. La calidez me recuerda a mi casa.


La polilla se ha salvado.




sábado, 17 de octubre de 2015

Por un puñado de ajos.

Nunca he sido partidaria de las ciencias ocultas, mucho menos simpatizante de licántropos, vampiros u otras infamias. Me considero una persona escéptica.

No obstante, y de la manera  más absurda, me topé con un vampiro.

Debido a una fortuita casualidad, mi amiga María me trajo de su pueblo una pequeña cesta de, los que aseguraba, eran los mejores ajos de España. En un principio, no me hizo especial ilusión, pero aquella planta perteneciente a la familia de las liláceas, actuó como aliciente para despertar mi vena culinaria.

Busqué recetas en internet que requirieran del susodicho ingrediente. Mi gastronomía rutinaria se abasteció de ajo en todas sus variantes, frito, cocido, dorado, incluso crudo. Para cual mi sorpresa cuando descubrí que el Hummus, plato compuesto en su 95% de garbanzo, llevaba menos de un diente de ajo, o incluso había quien añadía uno entero, dependiendo de los gustos. Pues bien, el Hummus es a mí, lo que el solomillo al carnívoro, pero por aquellas paradojas de la vida, nunca me decanté por su elaboración. Era algo así como sagrado.

Daba entonces rienda suelta a la neurosis, camuflada en la redacción de listas en las que figuraban solo los mejores. En cada carta de restaurante que aparecía “Hummus casero”, mi paladar exigía su inminente degustación, pasando a formar parte de la lista de los mejores hummus de la capital, posteriormente de España,  y algún día, del extranjero.

El ajo tiene un olor fuerte. Pelaba una media de dos dientes al día, por lo que el olor de mis manos resultaba ciertamente interesante por más alcohol desinfectante que aplicaba sobre ellas; por no hablar de la fuerte halitosis que camuflaba con caramelos mentolados.

De un tiempo a esta parte, he venido notando una actitud extraña en el nuevo compañero de trabajo. Habíamos conversado en alguna ocasión, pero siempre se mostraba distanciado de toda la plantilla, especialmente de mí. Nunca lo vimos comer en la cafetería. Unos dicen que lo vieron consumiendo un refresco de cola bajo los soportales del edificio contiguo a la oficina; otros aseguran haberle visto únicamente sosteniendo la lata de refresco.

La experiencia hace que una no se sorprenda por nimiedades que se desvíen apenas unos centímetros de la norma, y tras casi una veintena de años en la capital, un tipejo llamémoslo “peculiar” que parecía no alimentarse y que apenas se relacionaba con los demás, no llamó especialmente mi atención.

Con motivo de la baja maternal de una compañera, tanto “el peculiar” como yo, nos vimos obligados a cubrir su jornada laboral, motivo desencadenante de todo un repertorio de minutos compartidos en los que el ya citado, comenzó, ahora sí, a llamar mi atención. Eran acciones insignificantes en un primer momento que fueron acrecentándose en pequeñas manías conforme pasaban los días, hasta llegar a sentir casi desidia por su persona. Este proceso se desarrolló de forma pareja a mi obsesión culinaria de añadir ajo a todo.

Sucedió que un día incorporé un doble tupper de hummus, a sabiendas de que la jornada laboral se extendería más allá de la comida. La cafetería de la sucursal cierra pronto y hacía demasiado frío como para salir fuera a degustar el contenido de mi tupper, por lo que, tampoco vi ningún inconveniente en ingerirlo de forma pacífica a la par que acababa de repasar unos informes.


Aquel día, había añadido más de medio diente de ajo al hummus. Aquel mismo día en el que llevé  panecillos de ajo como acompañamiento para untar. Aquel puntual día en el que se alienó el poder halitósico de todos los ajos circundantes para que me dejara olvidados en casa los caramelos mentolados. Aquel fatídico día en el que me atraganté con medio diente de ajo mal triturado por la batidora, siendo expulsado por mis fauces como un proyectil directo a la boca bostezante de mi compañero hasta quedar incrustado en su tráquea. Aquel día imposible de olvidar en el que vapores propios de una sauna, comenzaron a brotar de la cara de mi compañero, como si sobre su figura alguien volcará lava fundida o alguna variante de cualquier sustancia tóxica; todo ello a juego con el enrojecimiento diabólico de sus ojos hasta casi llorar sangre. Aquel día en el que casi acabo con la vida de un ser milenario, de prácticas no aceptadas moralmente por la sociedad, calificado popularmente desde el siglo XVIII como “vampiro”.



miércoles, 23 de septiembre de 2015

64

Escriba aquí lo que le ocurra:
-______________________.
Firme aquí su identidad.
-______________________.
Adjunte una foto de carnet con flequillo recogido.

-
Vuelva a firmar aquí.
-______________________.
Usted ha seleccionado “Pago a plazos”.
-______________________.
De 1000 en 1000 y tire porque le toca.
-______________________.

A continuación, pague la deuda de su país.
Compagine su formación con un trabajo a tiempo parcial.
Costes de administración 30 €.
Título universitario 150 €.
Facilite los originales de los certificados de idiomas.
Cambridge, TOEFL, EOI, ESOL, TESOL, IELTS
*El documento que adjunta es incompatible (caducado)
Por favor, entregue los originales antes del plazo indicado.

*PD: Falta adjuntar una fotocopia de su dignidad



sábado, 29 de agosto de 2015

Dos lexemas en conflicto significativo


Últimamente los girasoles me dan la espalda, pero no solo a mí…

El sol reclama la atención de sus cabezas, intensificando cada vez más los rayos que solamente logran penetrar entre los granos de tierra labrada, desde donde las raíces repelen su efecto iluminador, retorciéndose como lombrices peregrinas que a veces, víctimas de una actitud suicida, suben a la superficie a sabiendas de que morirán chamuscadas.

Un campo de girasoles representa un fiel retrato de las etapas del ciclo vital; entre la amalgama de amarillos, cabe la distinción de tonalidades más brillantes, en contraste con un amarillo apagado, incluso descolorido. Los hay de corta estatura, fuertes y erguidos, pasando por los que presentan un armazón algo más largo y esbelto, hasta llegar a aquellos que comienzan a menguar, ávidos de retroceder en el tiempo, perdiendo corpulencia hasta alcanzar la envergadura del joven, con el único matiz diferenciador de presentar un fino tallo desgastado que lucha por sustentar la pesada cabeza gacha, cuyas hojas, ahora grisáceas, envuelven lo que un día fueron pipas. He llegado incluso a distinguir en un mismo ejemplar, cinco o seis cabezas, como si de un semáforo ámbar se tratase, producto desalmado de algún tipo de vertido tóxico que ha propiciado semejante mutación.

Su epicentro, formado por cientos de pepitas negras, será tostado y sazonado en conjuntos industriales para su posterior envasado en bolsitas individuales de 30g, calóricamente estudiadas y analizadas hasta su preciso punto de tueste, apareciendo etiquetadas en el mejor de los casos como “pipas peladas”, para las bocas más perezosas; mientras que otras, las de 150g, serán sazonadas en demasía, quedando su interior intacto hasta que unos dedos humanos las posicionen en la estratégica ubicación bucal donde serán brutalmente machacadas, prosiguiendo con la consiguiente expulsión de la estructura externa, mientras que el interior se adentrará en la frenética danza de bienvenida que corresponde a los jugos gástricos.


El sol es consciente de todo esto, cada vez se muestra más permisible, dejándose arropar por las nubes, calificativo que nosotros conocemos como “cielo nublado”, por lo que los girasoles están evolucionando hacia un nuevo término compuesto de la lengua, una modificación puramente semántica de significación, puesto que ya no giran sus cabezas en busca de aquella luz de antaño que les propiciaba la energía necesaria para su desarrollo, si no que giran la cabeza en una actitud repulsiva hacia el sol. 


lunes, 17 de agosto de 2015

"El Penélope", ¿burlado?

Una vez conocí a la “Penélope” de la canción de Serrat, solo que en su defecto, ésta respondía a otro nombre de mujer.

La encontré sucesivas veces en la estación durante una serie de conferencias que impartía en una pequeña localidad cercana. Durante una semana, la veía temprano, cuando cogía el primer tren de la mañana, y le daba las buenas noches a mi regreso, en el mismo rincón de la estación, aislada, recreándose en el pasado bajo la luz del cartel iluminado denominador de la parada.

Intrigado, pregunté al gerente de la estación algún tipo de información sobre aquella mujer. Por lo visto, era conocida por toda la plantilla de la estación como “La Penélope”, apelativo al que ella parecía responder a conciencia, llevando consigo un bolso marrón, calzando zapatos de tacón; casualidad o no, misterio que nunca podrá ser desvelado.

La mujer se caracterizaba por su delgadez, encorsetada bajo una falda beige y un elegante cinturón que aprisionaba la blusa blanca. Un collar de perlas enmarcaba cuenta a cuenta los resquicios del exquisito cuello de cisne que afloró en su juventud, curtido ahora por finísimas arrugas distendidas.  Un elegante recogido del que escapaban dos mechones por sendos lados de la cara coronaba su figura; los ojos, cristalinos, puros, melancólicos. Cuando la recuerdo, la visualizo de perfil, posicionada justo a la altura de la puerta que conducía al vestíbulo; pero no era hasta que volteaba la cabeza para corresponderme cándidamente el saludo, cuando me estremecía hasta tener que apartar la mirada, clavándoseme el reflejo de mis propios ojos sobre sus cristalinos espejos.

Soy escritor, me atengo a los detalles, y no podía dejar escapar a ésta mujer conocida como “La Penélope”. Establecí como objetivo entablar una conversación con ella, el último día, a mi regreso de la clausura del ciclo de conferencias. Cada mañana aquella mujer procesaba en mis neuronas una serie de interrogantes, ¿y si simplemente era otra jubilada más que se entretenía visualizando a los viajeros? ¿y si de verdad fuera una Penélope? ¿Y si se escondiera de alguien, de algún familiar que residiera en la otra punta de la ciudad para no poder ser reconocida…?

Llegado el día fijado, trazada toda premisa posible y habiendo asumido que hablaría con ella, me bajé del tren dispuesto a conocer a aquella mujer. El sol se mantenía quejumbroso cayéndose hacia el horizonte, puesto que había cogido el tren anterior al que solía. Cuando llegué a la estación, creí estar siendo víctima de un macabro espejismo psicológico propio de una película de Polanski, ya que no encontré mujer alguna de las mismas características en aquel, su punto predilecto. Pensé que quizá habría ido al baño, estaría conversando con algún empleado, o que habría ido a la cafetería. Esperé en el mismo banco donde se sentaba, respetando su extremo izquierdo del asiento. Esperé y esperé hasta que el último tren partió de la estación. Ahora era mi calva la que permanecía iluminada por el reflejo del cartel.

No era capaz de establecer una explicación razonable para lo acontecido, ¿estaría siendo víctima de un trastorno imaginario?, quizá de tanto haber escuchado a Serrat y de dedicarme al mundo de la ficción, algún cable se había entrecruzado de manera poco fortuita en mi cabeza haciéndome confundir realidad y fantasía. Me sentí todo un Don Quijote por unos instantes, viendo “Penélopes” donde solo había ancianas, o peor aún, viendo ancianas donde ni siquiera había nadie. La negatividad se apoderó de mí por unos instantes; hospitales, internación en  algún asilo reclutada por familiares... Incluso llegué a pensar que podría haber aparecido “aquel que regresa”, rompiendo así con mis expectativas de la canción, puede que esperara a un hijo no deseado de juventud, un emotivo reencuentro de algún romance, quizá "el que regresa" hubiese llegado el mismo día que yo me disponía a interactuar con ella. Demasiadas casualidades se sobreponían en mi mente sin tener una más sentido que la anterior; el último pensamiento que derrapó por mis cuestionamientos fue el de que aquel al que esperaba, fuese yo.

Todavía, cuando tengo que coger algún tren, me paso por la vía número 7 para comprobar la presencia de la anciana, desde aquella, ahora lejana última mañana en la que me subí al tren para clausurar el ciclo de conferencias, desde entonces, no ha habido suerte. También se me ocurrió preguntar a los trabajadores, pero ni el gerente era el mismo, ni los que por allí  encontré entendieron nada de lo que les decía; era como si todo hubiese sido un espejismo fruto de aquellas conferencias en Salamanca, como si hubiera despertado de un largo sueño mientras escuchaba en el reproductor de música 07. Penélope.-Joan Manuel Serrat.mp3, permaneciendo ahora convaleciente tras los efectos del sueño, intentando establecer sentido a diez días de vivencias reales.


Tras voltear la cabeza hacia el banco vacío del extremo del andén, me dirijo hacía mi nuevo destino. A mi cabeza viene la letra del cantautor…“No hay un sauce en la calle mayor para Penélope”, cuando, para mi absoluta sorpresa, visualizo a lo lejos una falda beige, parece que a juego con una blusa blanca y un tipo de recogido similar al de “La Penélope”; siento las pupilas dilatarse, estremecerse el bello del antebrazo y los pies obedeciendo las órdenes cerebrales inquiriendo que me acerque a ella. Tras haber avanzado apenas metro y medio, su perfil desbarató aquella sarta de deducciones en apariencia certeras, para desmoronarse como el recogido que la anciana mujer desvencijó de su cráneo dejando en libertad cientos de mechones plateados caer con un sutil movimiento justo al comienzo de su espalda. 

“Deja ya de tejer sueños en tu mente”, me digo a mí mismo, y sigo caminando.




martes, 4 de agosto de 2015

En la encrucijada matutina

En la encrucijada matutina
el sol se entrelaza con el cristal de la ventana,
inquiriendo mi atención.
Sonidos exhalados por las reformas del vecino
estremecen el bello corporal,
salvando los dispersos remansos de calvicie
que pueblan en él.
En este preciso instante,
advierto una bandera ondeada livianamente por el viento.
La intensidad disminuye
de forma repentina,
y su sombra proyecta
una diagonal que atraviesa todo el edificio,
también es una diagonal el ensanche
que divide Barcelona,
diagonal, el trazo que nos desgarra en dos, tres,
incluso en más segmentos desiguales sobre los que resulta imposible
aplicar fórmula de ningún tipo.

A la sombra de un árbol deshojado,
todo es más relativo.
El otoño eterno impera en esta calle,
coartándome las pupilas.
Ascendemos a esa azotea,
a cada gota de sudor en la espalda
una rama chasquea en el interior.
Subes, yo te sigo.
          Desde aquí          se contempla el ciclo vital,
             Plaza España,      engranaje perfecto.
                 Los vehículos         se detienen en rojo,
                             Titubean           bajo el ámbar,
                               Reaccionan         cuando son iluminados por el neón verdoso,
                           

 Los peatones cruzan     
 fundiéndose en el proceso
al cruzar las avenidas
 como bancas de peces
 en busca de alimento
  entretejiendo torpemente
sus pasos
   sobre las líneas intermitentes blancas.


                                               Todo permanece erigido       bajo el dictamen de tres colores.
                            En el centro, incubando el pulmón        la fuente monumental
                                                               Colores          que en la noche pretenden ser espectáculo
                   Pero resiste tan solemne, ahora,          presidiendo el ciclo.
                          Incluso los vehículos         parecen respetar una jerarquía en la que abundan
                                 Tonos gélidos        oscuros  metalizados
                                  De fondo,        un constante bullicio de la chicharra civilizada,
          Soniquete de pitidos,        motores      voces      ladridos
Aires acondicionados         ambulancias      altavoces      extractores       frenazos

Decides abandonarte al ciclo, yo te sigo.
Me conduces por angostas callejuelas grises
                                                           hasta el centro.
Entonces, nos detenemos en el Palau de la música.
La luz traspasa los colores modernistas anunciando cierto presagio paradisíaco.
El lucernario, toneladas del más bello metal soldado,
implantado sobre los retorcidos cuellos,
reside salvaguardado por el conjunto coral que enmarca el gran sol.

Cegados por tanta belleza
  nos adentramos bajo la mirada escrutiñadora
de las musas
hasta que el ocaso marca el fin, de lo que pudo ser el cielo.





sábado, 11 de julio de 2015

El peluquero

9:25. Elías baja rápidamente las escaleras hacía el piso inferior de su apartamento en el que se ubica la peluquería. Primero, coloca el CD de Bobby Vinton. Suena “Blue Velvet”, sintonía que da nombre al establecimiento. A continuación, comienza la labor del banquero: coloca sus instrumentos como si de monedas y fajos de billetes se tratase; pasa un trapo húmedo por los espejos hasta dejarlos impolutos para, acto seguido, repasar con el dedo índice que las tonalidades de los tintes capilares permanecen en el correcto orden de la escala cromática. Elías realiza la labor preparatoria tarareando la letra de la canción.

9:45. Se asegura de que haya cambio en la caja y coge un billete de 10. Sale de la peluquería hacia el kiosko de la esquina en el que compra una amplia variedad de revistas junto con la prensa diaria.

9:55. Repasa la agenda, labor previamente ejecutada la noche anterior. Mira el reloj; ya casi es la hora. Apaga el reproductor de CDs y sintoniza la radio. Disminuye unas cifras del volumen hasta dejarlo en modo ambiente. Se dirige hacia la puerta volteando el cartelito de “cerrado”.

10:03. Entra la primera cita. Se trata de una joven en los albores de la treintena. Presenta una larga cabellera castaña con reflejos rojizos. Las puntas están totalmente descuidadas; no obstante, se entrelazan en un simpático conglomerado de cabellos que le concede movimiento a la melena. Quiere cambiar de look. Uno de mis casos preferidos, he de cambiar la vida de esta chica con resultados más que optimos.

Elías sostiene las tijeras medianas de entre tres modelos y comienza la tarea. Las tijeras parecen una prolongación de su mano, que mueve con la sutileza de quien esculpe el busto de la Venus de Milo. Pregunta a la clienta cada singular detalle sobre las ejecuciones, desechando progresivamente posibles variaciones de su nuevo peinado. Elías prescinde de ayudantes, tampoco necesita ningún socio. No soporta la sola idea de que otro lave la cabeza de lo que será su obra de arte; prefiere realizar el proyecto él mismo, de principio a fin.

Tras haber ejecutado el corte final, la chica se muestra expectante hasta escuchar la frase que sentenciará el final del proceso. Se mira desde ambos perfiles, desde la perspectiva caballera y oblicua, para mostrarle al artista un entusiasta visto bueno.

10:37. Sale por la puerta como si un dedo divino la hubiese señalado. Mira como ondea el viento su perfecto corte, acompasado con el movimiento de la falda. Se siente bien. Su energía se ha renovado, parte de esa renovación, se debe a él.

10:45. Veamos, Alonso. Corte y tinte.

            Elías hace que el nuevo cliente se posicione en la butaca. Extiende una nueva tela protectora para los cabellos que pasarán a una mejor vida. Masajea cuidadosamente sus sienes mientras hablan de cuestiones meteorológicas. Casualmente suena en la radio “Just a Gigolo”, de Louis Prima, no puede ser más que una señal. El tinte negro presenta cierto matiz a juego con las rayas del cuello distinguido de la camisa, enmarcado por una bonita americana Louis Vuitton.

11:00. Las canas le favorecen. No digo nada porque resulta mucho más elegante con el tinte, además de un aumento considerable del precio final, pero esos grises… le dan un aire verdaderamente auténtico, así como de “dandy”.

11:35. Alonso observa su reflejo. Repasa inconscientemente a modo “grease” la parte lateral derecha de su cabeza. Se gusta, quizá demasiado. A diferencia de la cliente anterior, sabe que es atractivo y lo explota. Las propinas de Alonso siempre son motivo de agradecimiento.

11:40. Turno de la condesa de Esquilache, transición hacia los trabajos manuales.

            Elías solía mostrar cierto rechazo hacia las señoras de cierta edad, las cuales, siempre inquirían los mismos peinados, moldeados  y productos; como guinda del pastel que reconstruía en sus cabezas, una nube de laca Nelly, ya que ni siquiera podía emplear otro tipo de laca; de modo que, ésta tercera cita, no resultaba nada inspiradora para el artista.

La condesa de Esquilache observaba minuciosamente cada uno de sus movimientos, atenta a que éste no se sobrepasase confiriéndole, quizá, un atisbo de modernidad a su rostro aguileño, arrugado como acordeón desafinado que desprendía una melodía cuanto menos armoniosa. La condesa se retocó las caracolas que le caían sobre la frente; imponiendo su autoridad ante el movimiento final que había sellado el golpe de muñeca del peluquero. Era una de esas clientas que pagaba en efectivo hasta el último céntimo, depositando sobre el mostrador la cuantía exacta, sin rozar los dedos con los del otro, como si mereciera un altar por su labor caritativa. Elías no podía hacer otra cosa más que sonreír como un autómata, próximo al tic de su ojo derecho con motivo de tanta tensión muscular.

12:37. Un sencillo corte de caballero.

Elías observa con detenimiento al joven que acaba de entrar. Siente cierto afecto especial por él, quizá le recodara a sí mismo de joven. Presenta un estilo greñoso y descuidado. El pelo es algo graso. Elías logra convencerle para hacerle un corte moderno. Tras el reajuste capilar, ambos se sorprenden de lo anguloso de su rostro, dejando al descubierto una mirada enigmática con destellos amarillentos. Repasa con delicadeza el flequillo en forma de espiral coronada, al que aplica una gota de gomina.

13:10. En la radio suena Nat King Cole cantando en español. No había ninguna cita más apuntada en la agenda. Elías coge la escoba y comienza a recoger los resquicios de cabellera, todavía convalecientes, permaneciendo inmóviles como archipiélagos aislados entre las gélidas baldosas. No puede evitar tararear “solamente una vez amé la vida, solamente una vez y nada más…”




13:23. Un nuevo cliente, sin cita previa.




martes, 30 de junio de 2015

La calle

La calle está inundada.
Una manguera kilométrica
camufla la mugre de la ciudad.
Calor ascendente
como si bajo el asfalto se ubicara
el inframundo, pies, que van
progresivamente encharcándose.

Las sandalias son el esqueleto del zapato,
carente de armazón y
siento el agua humedeciendo
poco a poco
las plantas de los pies.

Es casi de madrugada.
Ni una mísera muestra de brisa
refresca el pecho sudoroso.
Imposible evitarlo, el pie pegajoso
rechina contra la suela de plástico.

Experimento la proliferación de un criadero
De hongos con cada chapoteo.

Huele raro, no es humedad,
es algo más profundo.
La lluvia huele a vida,
en esta calle huele a deshumanización.
Al fin, consigo salir del fango.
Lo primero que haré al llegar, será:
Lavar mis extremidades
de impurezas.
Raspar la costra de mugre que
Recubre sendas plantas
Para solo así,

Poder caminar en paz.


domingo, 17 de mayo de 2015

Bombeando de nuevo la sangre



Bombeando de nuevo la sangre
tras las venas de los ojos
destilando la rabia depositada,
muy al fondo del nervio óptico,
resuena dentro, como un caudal de
grillos amortajados.
Noche estival de ausencias
pero al fin y al cabo, noche,
tránsito entre la orilla de las cavilaciones
y el mar de paz.
Si cierras los párpados, corres el riesgo
de quedar ciego,
se inicia así el conflicto entre pestañas
donde las más angostas resisten
doblándose como el junco
que nunca cede,
pero la lágrima ya asoma peligrosamente
y no hay señalización que la prevenga,
aparece en el momento más imprevisible
en el que el volantazo final,
no desemboca en tragedia
porque está la orilla de paz
y está el mar de cavilaciones
y está la nada, y estás tú.